El timo del hombre que compró un tranvía
A propósito de la imagen del día que hoy se publica, comentamos a continuación un hecho que tuvo lugar en el Madrid de los años cuarenta, década dura donde las haya en la que los pícaros hacían su agosto a través de timos a personas con escasos recursos y audacia. Por aquellos tiempos se acababan de estrenar en nuestra ciudad unos flamantes tranvías azules de la casa Fiat, numerados desde el mil. Tenían una puerta de acceso y otra de salida y un empleado que cobraba a los pasajeros en el interior.
Pues bien, en esa época eran muy comunes las tertulias y charlas en los cafés –no sólo las de literatura-. También era muy típico que comerciantes y viajeros se contaran sus vidas de paso mientras compartían café o tabaco.
En una de esas, un hombre de pueblo con dinero se dejó caer varias noches por el Café Levante, situado en la misma Puerta del Sol. El provinciano fue rápidamente fichado por el pícaro que deseaba sacarle partido a su inocencia. Y así tramó la siguiente jugarreta.
Todas las noches entraba en el café un hombre vestido de tranviario y le dejaba unas monedas al pícaro -llamémosle Don Juan-. El provinciano – de ahora en adelante, Pedro- observaba cómo aquel hombre recibía día tras día una cuantiosa cantidad de dinero.
Movido por la curiosidad, Pedro le preguntó a Don Juan a qué se dedicaba. Y éste, ni corto ni perezoso, le explicó que era dueño de un tranvía que ahora tenía que vender por necesidades personales. Pedro se interesó por el negocio que, a juicio de Don Juan, era un gran negocio porque se obtenían cuarenta duros limpios al día.
A Pedro le pareció una fortuna y le mostró su intención de comprarle el tranvía y explotarlo él de ahora en adelante. Don Juan, entrenado tramposo, se hizo de rogar y le pidió unos días para pensar. Finalmente –como era lógico- accedió y le “vendió” el supuesto tranvía por un dineral.
Cuando el pobre Pedro se subió por primera vez a “su tranvía” número 1020, el cobrador le pidió el billete, a lo que el infeliz contestó: “Pero si soy el propietario”. La respuesta provocó la risa generalizada de los viajeros que no daban crédito.
Ante su insistencia, Pedro fue llevado a comisaría. Allí mostró su contrato de compraventa, pero no fue suficiente para el policía, quien no sólo se burló de su ignorancia sino que le sancionó por alteración del orden público. Del timador –como suele suceder en estos casos- nunca más se supo.
Otros artículos que te pueden interesar:

