La estatua ecuestre de Carlos III (considerado como el mejor alcalde de la capital) fue ubicada en la Puerta del Sol, tras un referéndum popular, en el que participaron más de 120.000 personas, celebrado en 1994. El resultado de la votación determinó que el 42% de los votantes (53.000 personas) preferían la Puerta del Sol, lugar donde fue colocada provisionalmente para realizar esta singular consulta. El segundo sitio preferido por los ciudadanos (36.000 votos) fue la Puerta de Alcalá, seguida del Paseo del Prado. [Leer más]
El otro día paseaba frente al Monasterio de la Encarnación y reparé en un cartel fijado al edificio en el que se prohibía “hacer aguas” (entiendo que por extensión, son aguas “menores” y también las “mayores”). Veamos, a través de este curioso cartel, algunas de las anécdotas más curiosas de nuestro más irónico autor: Don Francisco de Quevedo y Villegas. [Leer más]
Majestuosa y soberbia, la estatua del dios Neptuno custodia la actividad frenética que se desarrolla en la Plaza de Cánovas de Castillo. En una de las zonas más exclusivas de la ciudad (Hotel Palace y Ritz rodean la estatua), está presente el homenaje a este dios de los mares. No siempre ha sido así, ya que en un principio la estatua se ubicaba en el Paseo del Prado frente a la Cibeles, hasta que en 1898 se traslada a su actual lugar.
El lugar donde se encuentra el escudo al que nos referimos es en la esquina de Esparteros, donde actualmente hay un restaurante americano de comida rápida. El edificio en cuestión es conocido como Las Casas del Cordero y ocupa toda la manzana hasta la calle del Correo.
El Chotis nace como una danza popular campesina originaria de Escocia. Al pasar a Francia se la llamó ècossaise (“escocesa”). Con el tiempo, se exportó a Alemania en donde se la denominó como Schottisch (que significa “escocés”). Será desde Alemania donde se exporte a España, denominándose en un principio como Polca Alemana. La primera vez que se bailó en la ciudad fue el 3 de noviembre de 1850, en el Palacio Real. Desde ese momento, el pueblo se encargó de adoptar ese baile tan peculiar hasta convertirlo en uno de las señas propias de la ciudad. [Leer más]
Cuenta la leyenda que estando Alfonso VI sitiando la fortaleza musulmana, uno de sus soldados se separó del destacamento y se encaminó a la muralla. Sirviéndose únicamente de su daga empezó a trepar por los muros con tal decisión y rapidez, que el monarca y todos los allí presentes exclamaron: “¡Parece un gato!, ¡Trepa como un gato!, ¡Gato!, ¡!Gato!” Y así todos empezaros a llamarle “gato”. Al llegar a lo alto de la muralla se dirigió corriendo a cambiar la enseña que había por la cristiana. El soldado adoptó desde ese momento el apellido Gato, mientras que el apelativo perduró denominando así a los habitantes de la villa. [Leer más]
La figura es obra de Juan de Bolonia, aunque a la muerte de éste fue finalizada por su discípulo Pedro de Tacca. Quizás sea esta estatua una de las más itinerantes de Madrid por sus muy variadas ubicaciones, siendo trasladada finalmente a su actual sitio en 1848 por Isabel II (tal y como reza la placa del pedestal) y hasta que se proclama la II República.
Tras la detonación, la sorpresa fue mayúscula al apreciarse entre los restos de la estatua, una infinidad de pequeños huesecillos. Parece ser que los gorriones de la zona, gustaban de posarse en la boca del caballo. Muchos de ellos caían por el interior de la “garganta”, hasta las entrañas huecas del animal, desde donde era imposible retomar el vuelo para salir, por lo que perecían dentro. Esa continua “trampa” hizo llenar de cadáveres de pajarillos el interior de la estatua.
En la posterior reconstrucción de la estatua, se corrigió ese hueco cerrando la boca del caballo para evitar nuevamente ese “gorrionocidio”.
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