Publicado el Jueves 22 de Noviembre de 2007
Sección Curiosidades

El otro día paseaba frente al Monasterio de la Encarnación y reparé en un cartel fijado al edificio en el que se prohibía “hacer aguas” (entiendo que por extensión, son aguas “menores” y también las “mayores”). Veamos, a través de este curioso cartel, algunas de las anécdotas más curiosas de nuestro más irónico autor: Don Francisco de Quevedo y Villegas.

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Este singular letrero me recordó una anécdota. En la época que le tocó vivir, era común la costumbre de orinar en la propia calle (por desgracia, se está recuperando esta moda). Recordemos que estamos en el Madrid del Siglo XVII, en donde la gente arrojaba por la ventana el contenido de orinales, vacías y demás vasijas al grito de “¡Agua va!”. Esta falta de higiene en la urbe provocaba un insoportable hedor en la ciudad. Para evitar orinar en cualquier lugar, se colocaron crucifijos en aquellos rincones propicios al desahogo. Junto a la cruz, una inscripción rezaba: “Donde hay una cruz no se orina”. De este modo se pretendía disuadir al viandante de hacer aguas junto al sagrado símbolo y, por ende, en la vía pública. Cierto día, Quevedo buscó un rincón para sus necesidades y encontró la cruz con su leyenda. Nuestro autor añadió al cartel el texto de que “… y donde se orina no se ponen cruces”.

Siguiendo con el sagaz ingenio de sus repuestas y ocurrencias, llegó a apostar con sus amigos una gran suma de dinero a que era capaz de reprochar a la reina (Doña Isabel, esposa de Felipe IV) su regia cojera. Al recibir las apuestas de todos sus amigos (no pensaron que se atrevería), Quevedo aguardó la ocasión. Al poco tiempo, fue invitado a Palacio a una importante recepción. Se presentó con dos hermosas y bellas flores, siendo una rosa y un clavel. Al acercarse a la reina, la entregó ambas flores diciéndola:

- “Entre el clavel y la rosa, Su Majestad es-coja”.

Quizás sea éste el calambur más famoso de nuestra historia. El propio Quevedo también tenía un problema en el pie que le obligaba a cojear levemente. Se dice que esta anécdota llegó a oídos del propio rey quien, molesto, intentó “devolverle” a Quevedo la jugada. Felipe IV le llamó a audiencia y le solicitó que le compusiera algún verso improvisado en el momento. El autor le pidió un tema o asunto sobre el que hacer el verso, diciéndole:

quevedo.jpg

- “Dadme pie Majestad”

El rey, aprovechando la frase, y con muy poca fortuna, le alargó la pierna para intentar burlarse del poeta, a lo que éste le respondió:

- “Paréceme, gran señor, que estando en esta postura, yo parezco el herrador y vos la cabalgadura”.

Otra no menos ingeniosa es la anécdota protagonizada cierta noche que paseaba por la ciudad. En su trayecto, una bella mujer asomada a un balcón le refería bellas palabras insinuándose al autor. Lo que no sabía Quevedo era que se trataba de una broma, al estar la mujer rodeada de amigos escondidos tras ella. La situación se fue animando y finalmente Quevedo accedió a subir al balcón por medio de una polea que había. Obviamente, eran los amigos de la mujer los que izaban la cuerda. A mitad del ascenso, los bromistas dejaron colgado al ilusionado poeta y empezaron a reírse y burlarse de él. Fue tal el ajetreo que motivó esta situación que los viandantes se paraban a ver tan cómica y grotesca situación. Este alboroto alertó a la guardia nocturna, quienes se personaron en el lugar para poner orden. Al contemplar el panorama, preguntaron:

- ¿Quien vive?

Quevedo, siempre con sus oportunas respuestas, respondió sin inmutarse:

- Soy Quevedo, que ni sube, ni baja, ni está quedo.

   

Comentarios

Obtineo, el Martes 27 de Noviembre de 2007 a las 5:28 pm, dijo:

Vaya con Quevedo, lo mismo también era asiduo al botellón…

Te he tomado la foto prestada para La Druida de Madrid.

Un saludo


La Druida de Madrid » Prohibido hacer aguas menores, el Martes 27 de Noviembre de 2007 a las 5:33 pm, dijo:

[…] En el estupendo blog Historias de Madrid […]


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