La figura es obra de Juan de Bolonia, aunque a la muerte de éste fue finalizada por su discípulo Pedro de Tacca. Quizás sea esta estatua una de las más itinerantes de Madrid por sus muy variadas ubicaciones, siendo trasladada finalmente a su actual sitio en 1848 por Isabel II (tal y como reza la placa del pedestal) y hasta que se proclama la II República.
Tras la detonación, la sorpresa fue mayúscula al apreciarse entre los restos de la estatua, una infinidad de pequeños huesecillos. Parece ser que los gorriones de la zona, gustaban de posarse en la boca del caballo. Muchos de ellos caían por el interior de la “garganta”, hasta las entrañas huecas del animal, desde donde era imposible retomar el vuelo para salir, por lo que perecían dentro. Esa continua “trampa” hizo llenar de cadáveres de pajarillos el interior de la estatua.
En la posterior reconstrucción de la estatua, se corrigió ese hueco cerrando la boca del caballo para evitar nuevamente ese “gorrionocidio”.