Fue sin duda uno de los primeros y más importantes viajeros del mundo. Ha pasado a la historia por llevar a cabo el viaje que le encomendó el rey Enrique III. Se trataba de viajar, desde Castilla, hasta las remotas tierras del emperador mongol Tamerlán, con la intención de
crear una embajada y establecer así una relación para poder buscar aliados contra los turcos. Con un séquito de 14 personas, entre los que había un fraile de su confianza (Alfonso Páez de Santamaría), partió la expedición desde el puerto gaditano de las Muelas el 23 de marzo de 1403. Tras hacer escala en Creta, Rodas, Constantinopla, Trapisonda, Armenia,
Persia y Turquestán; desembarcaron para adentrarse en tierra y llegar hasta la capital (Samarcanda) en lo que es hoy la zona de Uzbekistán. Tras llegar a la ansiada capital (8 de septiembre de 1404), son recibidos por Tamerlán en su corte el mismo día.
A los pocos días, Tamerlán parte con su ejército hacia las guerras contra China. Ruy González y su comitiva se despiden del mongol, aguardando su regreso para formalizar la alianza. Se despiden de el y le desean suerte. Cosa que no tuvo, ya que antes de llegar al frente (febrero 1405) de China, Tamerlán muere durante el viaje. Este hecho hizo que la empresa emprendida por Ruy González fuera, en el aspecto político, un rotundo fracaso al no lograrse ninguna alianza.
No obstante, hay que destacar el ambicioso proyecto emprendido para la época, y el triunfo de volver sano y salvo al origen. Con la sensación de haber fracasado, nuestro héroe embarca de nuevo hacia su tierra, arribando a Cádiz en marzo de 1406. Al finalizar su periplo, decide escribir esta fascinante aventura en “Vida y hazañas del gran Tamerlán, con la descripción de las tierras de su imperio y señorío”, lo que se convirtió en una de las más brillantes obras de la literatura castellana.
Tuvo su domicilio en una casa que aún se conserva, en la Costanilla de San Andrés, junto a la Plaza de la Paja. Al morir el 2 de abril de 1412 fue enterrado en un suntuoso sepulcro de alabastro, en la capilla mayor del convento de San Francisco. Dicho convento fue derribado en el Siglo XVIII, para dar lugar al solar donde se edificó la actual Basílica de San Francisco el Grande. En dicho derribo se perdieron tanto el sepulcro como el cuerpo.