Publicado el Miércoles 17 de Enero de 2007

Tras la invasión islámica en el año 711, la península queda dividida en tres zonas: la zona norte con los reinos cristianos, la zona sur ocupada por los musulmanes, y la región central que se establece como tierra de nadie. Para protegerse de los posibles ataques cristianos, el Califato de Córdoba establece una serie de líneas defensivas.

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A estas líneas fortificadas y defensivas se las denominó “Marcas”. De este modo nos encontramos con la Marca Inferior (con capital en Mérida), Marca Media (capital en Toledo) y Marca Superior (capital en Zaragoza). La zona de Madrid albergó muchas de estas fortificaciones defensivas (en nuestro caso, pertenecientes a la Marca Media ).

Por ello, la fundación de Madrid se debió a motivos militares. Fue el Emir Muhammad I (852-886) quien ordenó la construcción de un Alcázar amurallado en la zona que hoy comprende el Palacio Real, para vigilar así el paso de Somosierra y los caminos con destino a Zaragoza, Toledo y Segovia. Esta localización privilegiada, hizo que Madrid fuera la “llave” para entrar en Toledo. Ante ello, las incursiones cristianas fueron frecuentes, destacando las realizadas por Ramiro II de León en el 941 (llegó incluso a destruir parte de las murallas) y en el 1046 por Fernando I. Será Alfonso VI quien en el 1085 pactó con Alcadir (gobernador de la taifa de Toledo) la entrega de Toledo, a cambio de que el rey cristiano le cediera el reino de Valencia. Madrid formó parte de esta capitulación, por lo que al entregar Toledo, Madrid quedó también integrado en el reino cristiano.

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La invasión de Al-Andalus por parte de los Almorávides durante el Siglo XII creó un serio peligro para los nuevos reinos cristianos conquistados. En el 1109, el caudillo almorávide Ben-Alí fracasó al intentar asediar la fortaleza (instaló su campamento en lo que hoy es “El Campo del Moro”, de ahí su nombre, frente al Palacio Real)”. Tras la conquista, la ciudad empezó a crecer. Durante el Siglo XII, fueron notables las medidas de repoblación y de incorporación de tierras anexas a la villa, ordenadas por Alfonso VII. A lo largo de este siglo se fueron creando también una serie de leyes y privilegios hacia los madrileños. Dichas cédulas fueron sucediéndose, hasta el año 1202 en el que Alfonso VIII las compiló y ordenó para dar lugar al llamado “Fuero de Madrid”.
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La ciudad ya era lo suficientemente importante como para gozar de un Fuero propio (y no depender del de Toledo, como lo hacía hasta esos momentos). Es recomendable la lectura de este fuero (hoy reeditado en diferentes ediciones) por su valor histórico y detalles curiosos sobre la vida de la época. En breve, se abordará este fuero, en la sección “Madrid… A Fondo” de esta misma página. Este fuero motivó que la población aumentara más aún su afecto hacia el monarca, ya que era un Fuero que perseguía únicamente los intereses de Madrid. Prueba de ese afecto, fue la masiva participación de la villa en la Batalla de las Navas de Tolosa, apoyando a su rey contra los musulmanes en 1212. En dicha batalla, la villa de Madrid portaba en su pendón o enseña un oso a cuatro patas sobre un campo de plata.
Al tiempo que la población iba creciendo, también lo hacían las órdenes religiosas. Es ahora cuando se instalan en Madrid dos de las órdenes más importantes: los Franciscanos y los Dominicos. Los primeros, con el Monasterio de San Francisco en lo alto del cerro de las vistillas en 1217 (donde hoy podemos apreciar su iglesia, como único resto del complejo); mientras que los Dominicos construyeron el Monasterio de Santo Domingo en el 1218 en la zona norte. Será este monasterio el que más crezca debido a una política de adquisición de tierras, llegando a ocupar un arrabal completo. Este monasterio desapareció en la revolución de 1869.
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A principios del siglo XIV, se produce un acontecimiento muy importante para la villa. En el 1309, Madrid será la sede de unas Cortes bajo el reinado de Fernando IV. Esto aumentó la confianza de los madrileños en su ciudad, al ser el escenario, aunque sea temporal, del reino y la corte. Uno de los reyes que más atenciones tuvo con Madrid, fue Alfonso XI, quien eligió de nuevo a la ciudad como sede de las cortes en 1329 y 1335, ordenando además en 1339 que la villa acatara el Fuero Real además de poder seguir usando el Fuero propio.
A lo largo de este siglo se crea el Concejo, una Asamblea Municipal en torno a la que se reunían los vecinos para tomar decisiones relativas a la villa. No se sabe exactamente la fecha de su creación, pero sabemos que en 1357 el Concejo ya se convocaba de modo oficial. Eras reuniones multitudinarias, convocadas a golpe de campana y celebradas normalmente en la Plaza de San Salvador (hoy, Plaza de la Villa ), o en el atrio de la iglesia del mismo nombre, situada en la misma plaza. Fue este el lugar de las reuniones hasta mediados del siglo XVII, momento en el cual estrenarían nueva sede. Entonces, el Concejo estaba organizado en diez collaciones o distritos, que estaban dirigidos por los doce regidores (elegidos por la villa, con la aprobación real). En cada collacion se encontraban diferentes jurados que impartían justicia.
En 1346 se fundó el “Estudio de la Villa ”, con sede en un edificio municipal cerca de la plaza de San Salvador. Este estudio fue el germen de futuras universidades como la de Alcalá y Salamanca. En el impartieron clases distinguidos profesores como Lopez de Hoyos a ilustres alumnos como Cervantes. Este estudio se encuentra actualmente en la cuesta que une la Plaza de la Cruz Verde con la calle Mayor.
En la guerra que enfrentó al rey Pedro I con su hermanastro Enrique II,
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Madrid estuvo del lado de Pedro I. A raíz de una traición, las tropas de Enrique II tomaron Madrid, muriendo Pedro I en el asedio. De este modo, entramos en la dinastía de los Trastámara. El cuerpo de este último rey castellano se enterró en el Monasterio de Santo Domingo (cuya nieta de Pedro I, Constanza, era abadesa). El cuerpo permaneció allí hasta la revolución de 1868, momento en que fue destruido el Monasterio. El sepulcro se encuentra actualmente en el Museo Municipal.
Lejos de tomar represalias contra la ciudad que no le apoyó en guerra, Enrique II conservó todos los privilegios que tenía Madrid. Ya en 1383, reinando ya Juan I se produce un hecho insólito en la historia de la ciudad. El monarca decide entregar la ciudad a León V, el rey de Armenia que había sido despojado de su trono por el rey de Babilonia. La amistad de Juan I con León V, hace posible que el monarca le entregue la ciudad a tan exótico personaje además de proporcionarle 150.000 maravedíes, y Cuidad Real. Cuando fallece León V, Enrique III devolvió la ciudad a la corona castellana con los mismos privilegios que tenía en su origen. El reinado de Enrique III fue muy beneficioso para la ciudad de Madrid. En la ciudad se le nombró rey en 1390, en el Monasterio de San Martín se casó en 1393, reformó el Alcázar, y creó el “Real de El Pardo”. En definitiva, hizo posible que Madrid fuera una ciudad digna de Corte.
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El reinado de Juan II pasará a la historia como el reinado de las embajadas y el que albergue la peor crisis de la ciudad. Respecto a las famosas embajadas de Juan II, destaca la del rey de Francia en Madrid, y la del madrileño Ruy González de Clavijo en Samarcanda (Persia). Desde finales del siglo XIV se produjeron cambios climáticos que alteraron la producción de los campos. Importantes sequías, seguidas de largas heladas e intensas lluvias, hicieron que Madrid se viera inmersa en una crisis. Todo ello culminó con un devastador predisco que duró ininterrumpidamente desde el 29 de octubre de 1434 hasta el 7 de Enero de 1435. A este hecho se le conoció como “El Diluvio”. Este trágico fenómeno no solo arruinó la economía, sino que derribó casas, inundó barrios y provocó el caos en la ciudad. Las consecuencias de este fenómeno trajeron además una epidemia de peste en junio de 1435. Durante la lenta recuperación de la ciudad, Juan II construyó una cerca que englobara todos los arrabales creados hasta entonces. Cuentan las crónicas que Juan II tenía como mascota de corte a un león, tan manso era el animal, que incluso comía en la mesa con el rey. Informan también las crónicas, que un día de verano de muchísimo calor, yendo de viaje entre dos comarcas, el león murió del sofoco. Es en esta época cuando muchos nobles deciden instalarse en la ciudad. Destacan entre ellos, el condestable de Castilla Don Álvaro de Luna, a quien muchos autores destacan por las fiestas que hizo con motivo del nacimiento de su hijo.
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Con el reinado de Enrique IV, la ciudad cambia tanto que es puramente una ciudad cortesana. Entre las reformas que llevó a cabo, destacan el traslado a Madrid de la Casa de la Moneda (anteriormente en Segovia), la ampliación de la plaza de San Salvador (actual Plaza de la Villa ), reforzó el Concejo, creó un mercado en 1466 frente al Alcázar los martes, otorgó a la villa en 1465 los títulos de “muy noble y muy leal”. Además construyó una muralla que rodease los arrabales, sin saber hoy exactamente cual era su recorrido ya que no se conserva resto alguno. Se casó en la ciudad con Juana de Portugal, y en 1462 nació en el Alcázar su hija Juana, llamada luego “ La Beltraneja ”.
Durante los últimos años del reinado de Enrique IV, surgen enfrentamientos entre los que defienden a Juana “ La Beltraneja ” (llamada así porque se decía que era hija del valido del rey, Beltrán de la Cueva ); y los que defienden a Isabel, la hermanastra de Enrique IV. Tras la muerte del rey, se produce una lucha entre ambos bandos, el pueblo se pone de lado de Isabel, mientras que los nobles apoyan a Juana. Finalmente, la victoria se inclinará por Isabel, quien es finalmente proclamada reina.
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Durante el reinado de los Reyes Católicos, la ciudad mantiene sus privilegios y es conducida por un período de paz y estabilidad política y económica. Hay que destacar sin embargo, los desastres causados por las catástrofes naturales en 1495-95 y que ya se produjeron bajo el reinado de Juan II: fuertes lluvias, intensas nevadas y devastadores vientos ocasionaron innumerables pérdidas económicas, seguido todo ello por las epidemias. Los reyes pagaron de su propio Tesoro Real los desperfectos en la ciudad (con un coste de 40.000 maravedíes), y ordenaron modificar la Plaza Mayor , a fin de instalar soportales en todo su perímetro con la finalidad de que los puestos de ventas no permaneciesen a la intemperie. Otras órdenes reales de menor trascendencia, fue la prohibición de que los cerdos circulen por la vía pública. Esto es una prueba de que Madrid ya va camino de dejar de ser una ciudad de campo, para ser una ciudad cortesana. 

   
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