Según Ringrose, el Madrid de la época seguía las pautas de las líneas de abastecimiento del momento. Por ello, se servía de los puertos del Mediterráneo para especies, sedas, productos suntuosos, etc.
Por otro lado, recibía de los puertos atlánticos los productos procedentes de las colonias. Por otra parte, de las provincias cercanas llegaban diariamente verduras, hortalizas y frutas. También son significativas las manufacturas propias, que aunque no dan para exportar, si
que mantienen de sobra las demandas de esta creciente ciudad. Abundan las pequeñas industrias como talleres, fraguas, y demás gremios. El crecimiento demográfico fue producido por la gran cantidad de población que siguió a la corte a su nueva ubicación. Por ello, el primer grupo en llegar fueron los cortesanos, seguidos de funcionarios del estado y, posteriormente, inmigrantes en busca de mejor vida. Estos inmigrantes eran principalmente soldados y campesinos de zonas aledañas. A este grupo hay que sumarle el gran número de frailes, monjas y clérigos que siguieron a la creación de nuevas sedes religiosas. Este crecimiento exacerbado hizo que Madrid pasara de tener entre 10.000 y 20.000 habitantes en el momento de venir la corte (1561) a tener entre 30.000 y 45.000 habitantes en 1575. A finales de siglo, la cifra alcanzaría los 100.000 habitantes. En casi cuarenta años, la ciudad multiplicó su población por diez. Toda esta población configuró una sociedad caracterizada por los siguientes estamentos: Cortesanos y funcionarios, nobleza o aristocracia, clero, burguesía y, por último, el pueblo llano. Las principales distracciones de la época eran el teatro y las fiestas. El teatro se representaba en los llamados Corrales de Comedia. Las obras solían durar entre 4 y 5 horas. La temática solía ser o dramática, o sarcástica o bien religiosa (los famosos Autos sacramentales de Calderón de la Barca). Las comedias sarcásticas nunca podían atacar a la Iglesia ni a la Corona, aunque sí podían hacerlo contra los miembros que pertenecían a estas instituciones. Por otro lado, las fiestas eran organizadas por la Corona, el Concejo o la Inquisición. Solían realizarse en la Plaza Mayor, en donde efectuaban desfiles, corridas de toros, procesiones, etc. En aquella época (no hemos cambiado mucho en este aspecto) eran muy dados a los chismorreos, cotilleos y demás corrillos murmuradores. Tal era el gusto por estos comentarios, que existía lo que se denominaba como “mentideros”. Los “mentideros” eran lugares donde se reunía la gente para tan crítica actividad. Era tal la fama de estos mentideros que se decía que en ellos, uno podía enterarse de los acontecimientos antes de que estos se hubieran producido. El más famoso de todos ellos era el mentidero de San Felipe. Se encontraba en la puerta del Sol, en las gradas del Monasterio de San Felipe (actual esquina a Esparteros). Pero no había solo lugares tan frívolos donde pasar el tiempo, había otros lugares más interesantes como la Plaza Mayor, escenario de mercados artesanales, las tiendas de joyería, sedas y bisutería de la Calle Mayor, o la arboleda del Paseo del Prado para pasear, a la que acudía todo Madrid. Era tal el ajetreo en torno al Paseo del Prado, que se establecían turnos por clase social. Cada uno acudía a pasear en la franja horaria de su condición social.